miércoles, mayo 23, 2007

Una de vaqueros

Sam McKane ……………………….Emilio Disi
Pistol Pete ………………………….Fernando Travaglini
Patty Valentine (camarera)….Silvia Suller


Tercer y último acto; en el que Sam saca a pasear su diente y lo pierde en la oscuridad y otras cosas mas.

El viejo Sam esta sentado frente a una mesita de madera en una vieja y oscura taberna del oeste. Delante suyo tiene un vaso de güisqui. Está vistiendo todas esas cosas que visten los vaqueros, incluyendo las botas puntiagudas con espuelas y un gastado sombrero. Bebe.

El joven Pistol Pete ingresa a la taberna desconsolado y se sienta a la mesa con Sam.

Pistol Pete: Hay muchas cosas que no logro entender McKane, pero una sobre todas me está fastidiando con la eficacia de los mosquitos.

Pete lo mira a Sam pero este bebe sin decir una palabra.

Pistol Pete: Es sobre el valor que se da a las cosas y yo creo que poco tiene que ver con su valor verdadero, ¿Quién decide tales cosas? ¿Quién dice que el güisqui es más valioso que la leche?

Pete intenta agarrar el vaso de güisqui de Sam pero este lo niega con un gruñido amenazador.

Pistol Pete: ¿Por qué el diamante es más caro que los vidrios coloridos que cuelgan en el almacén del pueblo? ¿Porque la gente se moviliza y dedica su miserable vida a estas cosas?
Pero por sobre todo, ¿porque mierda cambiaste tus treinta vacas, que era todo lo que tenias en este mugriento mundo, por una pequeñísima moneda de oro?

Sam McKane apoya su vaso ahora vacío y sonríe, sacando a relucir el único diente en su boca que brilla dorado como el sol.

Entra Patty Valentine con su rubia cabellera ondulada, su cintura de avispa y sus grandes pechos encorsados.

Sam cierra la boca.

Sale Patty Valentine.

Sam abre la boca y saca a relucir su diente dorado.

Entra Patty Valentine.

Sam cierra la boca.

Sale Patty Valentine.

Sam abre la boca aun más grande y deja escapar una risa seca como bostezo de momia. Su diente dorado encandila.

Patty Valentine entra y camina voluptuosamente hasta la mesa donde están Sam y Pete.


Patty Valentine: Oye Sam hoy estas mas precioso que nunca.

Patty le entrega un beso en el cachete al viejo.

Patty Valentine: Toma querido te traje un poco mas de güisqui, este vaso lo invito yo, guapo.

Patty Valentine le sirve güisqui a Sam y se retira balanceando su cadera ante la aturdida mirada de Pistol Pete y la mueca de felicidad de Sam, que bebe su güisqui con orgullo.

Pistol Pete: Está bien viejo, está bien. Nos vemos mas tarde, no te atragantes con tu precioso güisqui, sería una lástima.

Pistol Pete se levanta y sale por la puerta principal de la taberna. Sam termina su güisqui y se pone de pie, camina hacia la entrada.

El escenario está sobre una gran rueda horizontal que gira en ciento ochenta grados de modo que ahora el público queda mirando la fachada de frente de la taberna y la calle de tierra seca, con un gran cardón a la derecha y dos caballos flacos a la izquierda.
Vemos salir a Sam (entrar al escenario) desde adentro de la taberna que ahora quedó detrás.

Un águila con una serpiente colgándole del pico pasa volando por sobre su cabeza y va a pararse sobre el cardón. Sam la sigue con la mirada y gira su cuerpo hacia el cardón. Se miran mientras que la serpiente retuerce su ultimo retuerzo y muere.

Pistol Pete aparece a un costado del escenario a espaldas de Sam.


Pistol Pete: ¡Oye Sam!

Sam McKane se da vuelta y lo mira. Pistol Pete desenfunda su revolver y dispara a Sam en el pecho, que cae moribundo al piso.

El águila sobre el cardón deja caer la serpiente y desaparece volando.

Pistol Pete camina hasta donde esta tirado Sam y se agacha a su lado.Las luces del escenario se apagan.

Desciende una pantalla blanca donde se proyecta lo siguiente; Primerísimo Primer Plano de Sam muriendo, aparecen las manos de Pistol Pete que le abre la boca y la encuentra vacía de dientes y de oro. Se oye el grito del águila y Sam deja escapar su vida con un risa seca como el bostezo de una momia.

Fin

sábado, marzo 31, 2007

Muerte Roja

El teléfono sonó por sexta vez cuando Muerte Roja se levantó de la cama y atendió llevándose perezosamente el auricular al oído. La rimbombante voz de un adolescente intentaba venderle un seguro de vida. Muerte Roja gruñó y le colgó el teléfono cortantemente.
Ante la atónita mirada de sus compañeros de trabajo, Juan Pérez caía muerto sobre un charco de su propia sangre, desangrado por la oreja derecha, dentro de su cubículo, al fondo de un piso de oficinas en pleno micro centro.

miércoles, febrero 14, 2007

El calor del Congo

Esta noche el aire es como una plancha caliente que se te vuelca encima y te aplasta contra el suelo. Hace días que la lluvia está a la vuelta de la esquina pero no se anima a asomar su refrescante cabeza. El sudor ya es como una segunda piel y casi no recuerdo lo que era estar seco. Me acuesto de espaldas sobre la cama y siento como las sábanas se me adhieren al cuerpo. Por la ventana inútilmente abierta me llega el ruido de una ciudad despierta, demasiado viva para este calor.
Apago las luces y me dejo llevar, fácilmente cruzo el océano y el calor es el calor del Congo. El calor de la selva africana y ella. El calor del Congo y nosotros. Y el calor se tolera cómodamente porque es un calor justificado, un calor que vale la pena, lleno de mundos extraños y aventuras. Un calor empapado en descubrir y dar pasos hacia lo desconocido, y sin embargo con la seguridad de tenerla a mi lado.
Caminamos por un sendero angosto bajo un techo verde de árboles por donde se filtran verdes rayos del sol, y todo lo que nos rodea son plantas sobre plantas en una verdadera orgía vegetal. Vamos sin decirnos demasiado pero compartiendo bastante y todo nos sorprende. Constantemente se oye un sinfín de gritos de pájaros y monos, y también los vemos pasar. Cada vez mas fuerte se oye el palpitar de un tambor que debe ser nuestro guía local que nos llama desde el asentamiento. La tomo de la cintura y le comento que tengo hambre y mas vale que Diktu nos esté esperando con algo de comida. Ella dice algo de que le da miedo lo que nos puedan llegar a dar para comer. Reimos ante la idea de saborear algún mono o la posibilidad de que nosotros seamos la comida de la tribu.
Ya podemos ver que mas adelante en el camino hay un claro entre los árboles donde se divisan unas chozas y un tubo de humo gris que sube al cielo como un remolino. La abrazo mas fuerte contra mi cuerpo como queriendo guardarla dentro mío y le digo que podría viajar para siempre con su compañía, frenamos y nos besamos como se besaron los primeros dos humanos en la selva, y escucho como pasa el 168 con un silbido y el ronquido del motor que hace temblar mi ventana en Buenos Aires. Estoy pegado a mi cama en la oscuridad y ella parece haber quedado tan lejos del otro lado del océano entre simios, aventuras y todo ese verdor. Y este calor insoportable.

jueves, octubre 12, 2006

La Contrarreforma De Tu Hermana

Un martes cualquiera vas a ver, hasta las nubes van a arder. Un día tu hermana se va a levantar a la hora de la gota rebalsada y el suelo va a temblar en anticipación. Se va a calzar sus botas de cuero de búfalo asado y va a bajar hasta la plaza principal caminado con el peso de una decisión fulminante, pisoteando el asfalto hueco que palpitará como un tambor de lo mas lúgubre. Pum, Pum, Pum. En la plaza se reunirán todas las hermanas revolucionarias, un martes cualquiera, y se hará la repartición de tareas. Armas en mano embestirán contra el gobierno y la iglesia católica y las centrales de televisión y los zoológicos y las escuelas privadas y los centros comerciales y la iglesia católica de nuevo, porque nunca se puede estar demasiado seguro. Un martes cualquiera todas las hermanas del mundo beberán una botella matutina de güisqui y con pezones punzantes saldrán a matar. La sangre va a correr una vez mas río abajo y los salmones la llevarán chorreando por sus escamas río arriba también. Nadie que no tenga que sobrevivir lo hará. El día de las hermanas. Un martes cualquiera. Vas a ver.

jueves, septiembre 21, 2006

Ay Quiroga ###

Nunca jamás uno debe admitir que anda con tiempo de sobra en las manos. Nunca. Jamás. El tiempo es mas valioso que el oro, cualquiera podría intentar usurparle este tiempo, de pura envidia. Ah si como no, ¿pensabas practicar un poco de aeromodelismo el domingo? Porque no me adelantas los documentos para la transferencia del martes, y ¡Zaz!, el tiempo tan minuciosamente cultivado se ha escapado como pedo de vieja.
Quiroga esto lo sabía a la perfección, así que llegado el viernes a la tarde en la oficina de asuntos exteriores del country club Fencer McGraw, ya estaba planeando como disfrutar de su tiempo y que nadie se lo pudiera robar. Trabajaría hasta el último segundo como una abeja.
Aprovecho este momento para abrir un paréntesis. Cuenta la leyenda que las abejas alguna vez fueron tigres que hicieron alarde sobre la vasta cantidad de tiempo que poseían para rascarse y lamerse las partes, a estos tigres se los cortó en miles de pedacitos y a cada pedacito se lo dotó de minuciosas alas y así y todo, cada pedacito fue condenado a trabajar infinitamente. Es por eso que los únicos tigres que aún sobreviven, laburan en los zoológicos o modelan para las cajas de zucaritas. Cierro paréntesis.
Como todos sabemos a las seis de la tarde se abren los portones al fin de semana. Con un silencio y un leve crujir de los huesos Quiroga se despediría de su jefe y caminaría cargado con la mayor cantidad de papeles posibles hasta el ascensor. Si por una cruel casualidad su jefe decidiera intrometerse en su recorrido y preguntarle sobre posibles planes venideros, Quiroga le diría que su madre venía planeando hace largo rato su funeral para este sábado y que el domingo debía hacer de réferi en una partida de bádminton en el mundial de Australia. Usted sabrá entender Señor, además mire la cantidad de papeles que llevo en la mano. Tiene razón Quiroga, esa es una admirable cantidad de papeles que lleva en la mano. Así es como se daría la situación.
Una vez en el pasillo evitaría si es posible el ascensor, y bajaría directamente por las escaleras, talvez alcanzaría con mover su cabeza violentamente de un lado para el otro ante la presencia de otros oficinistas. Afuera del edificio sacaría su celular del bolsillo y lo llevaría hasta diez centímetros de su rostro. Posición que mantendría durante las siete cuadras que debería caminar hasta su casa. Un celular es un aparatejo tecnológico que sirve como calculadora, apoya papeles, objeto contundente para defensa personal, jugar al tetris, mascota, agenda, computadora, televisor, radio, reproductor de música, de películas, de cáncer de lengua y de testículos. Pero sobre todo es genial para evitar toda comunicación con personas circundantes.
Llegado a su casa Quiroga cerraría todas las puertas, ventanas y persianas con llaves y candados, desconectaría los teléfonos, clausaría las tapas de los retretes, daría vuelta todas las fotos y cuadros, correría hasta su habitación, se encerraría en su armario, se arrodillaría en el suelo, cerraría sus ojos (uno siempre está aún mas escondido con los ojos cerrados), y últimamente sacaría su húmeda lengua al aire fresco, para poder de esta manera, saborear cada instante de su tiempo libre.

viernes, agosto 25, 2006

Ay Dolores

Imagine usted la perplejidad de Quiroga al despertar con malestares estomacales. Imagine usted la perplejidad de alguien que nunca ha sentido tal cosa, y menos aún a esas horas de la mañana, ridículo. En un principio pensó que podría ser a causa de un pequeño rinoceronte creciendo dentro suyo. Pero pronto la idea fue descartada ya que los rinocerontes viven en el continente africano. Un rinoceronte pastando las plazas porteñas era una idea, por lo menos, descabellada.
Luego se le ocurrió que podrían haber sido los canapés de atún. Los canapés son unos pequeños alimentos secos y pastosos que se ingieren de pie en reuniones sociales de alta alcurnia, estos se cogen con los dedos y se mastican de a poco mientras se discute sobre política o mientras uno pantarruchéa sobre sus últimos éxitos laborales. Pero esta idea también fue arrojada al olvido secamente ya que Quiroga jamás había probado un canapé en su vida.
Mientras Quiroga se ponía de pie y descartaba sus piyamas con manos temblorosas, una tercera idea invadió su mente. ¿No podrían ser estos dolores frutos de su imaginación, como lo eran los mangos y los kiwis? Largo rato estuvo el mascullando esta última idea e incluso hasta después de haberse atado los cordones pero no consiguió refutarla. De todos modos decidió consultar un médico esa misma tarde, sin falta.
El Dr. Rodrigo, de apellido, supo casi de enseguida cual era el problema con Quiroga, era un caso que se estaba repitiendo seguido en gente de su generación. La generación del liquid paper. Dentro de su estomago, Quiroga estaba formando lo que los médicos están llamando; Un Sol, que es nada mas y nada menos que una pequeña bola de gases. El Dr. Rodrigo le recetó unas buenas flatulencias antes del desayuno y una buena dosis luego de pasear al perro. Eso iba a mantener las cosas bajo control. Quiroga le explicó que no tenía perro ya que vivía en un mono ambiente, pero el Doctor fue muy claro con esto, debía de cambiar al mono por un perro inmediatamente. Si es que quería sobrevivir claro.

martes, agosto 08, 2006

viernes, mayo 19, 2006

Redonda

Era una noche fresca sobre el lago Titikaka. El sol ya enterrado, terminada su guardia. La luna se había trepado al cielo lentamente como una gorda y pálida señora de la alta burguesía. Redonda. Sobre el agua oscura del lago reflejaba la luna un largo camino de marfil hasta la orilla.

Carlitos vagaba por ahí. Tres cosas se oían y nada mas; las piedras bajo sus pies descalzos, el leve ir y venir del agua sobre la orilla y el ronquido desesperado de su propio estomago. Hace tres días que no probaba siquiera una miga de pan. Lo que daría en ese momento por un pan duro y verde de hongos. Pero nada. Hace un par de horas que había entrado en un estado semi-alucinatorio. La tierra olía a chocolate, las casitas de adobe parecían de flan y por poco le había tirado un mordiscazo a una niña que había cruzado su camino en bicicleta hacia un rato. Sin más fuerzas para continuar, Carlitos había caído sobre las piedras a la orilla del lago.

Titikaka ¿A quien se le ocurre? Apenas hay comida para los locales, este no es lugar para un vagabundo. Lentamente se llevó una piedra a la boca. No sabía nada mal. No logró morderla ni tragarla. La escupió. Giró un poco hasta estar mirando hacia el lago. Ahí estaba la luna, gorda. Redonda.

Juntó fuerzas y ayudándose con las manos se puso de pie. Tambaleando se acercó hasta el lago. Sintió el frío mojado del agua en los pies. Se arremangó la camisa hasta la altura de los codos. Concentrado se agachó y se aferró con fuerza al reflejo blanco de la luna. Con un poco de esfuerzo logro levantarla y separarla del agua misma. Echando su cuerpo levemente hacia atrás comenzó a tirar del reflejo como si fuese una soga gruesa, talvez un fideo gigante. Carlitos veía la luna comenzar a descender en la oscuridad y se le hacía agua la boca. Siguió tirando. La luna llegó al horizonte y se zambulló al agua como una albóndiga en su salsa. Siguió tirando. La luna se acercaba flotando e iba dejando dos surcos por detrás. Avanzaba pausadamente con cada tirón.

Con sus últimas energías sacó la luna del agua, su reflejo enredado en un pilón sobre las piedras. Levantó la bola resplandeciente entre sus manos. Estaba tibia y tenía el tamaño de una pelota de fútbol. Se la llevó a la nariz e inhaló profundamente. Olía a pan caliente, queso fresco, carne asada, la sopa de la abuela, a chocolatada, a miel, a pimienta y también a mujer. Carlitos le dio un mordisco y después otro. Sentía como se deshacía en su boca y bajaba lentamente hasta su estomago. Como se iba hinchando de a poco con todos los sabores imaginables, un verdadero orgasmo gastronómico. Dando el último mordisco cayó de espaldas al suelo, una sonrisa dibujada en la cara. Pipón, pipón. Su panza se elevaba y le obstruía la vista del horizonte. Redonda. Sintió un movimiento extraño dentro suyo, algo que le subía hasta la boca. Con un fuerte eructo, más cercano al rugido de un león que al eructo humano, largo un polvo brillante volando por el aire. Llenando el cielo de estrellas.

sábado, abril 15, 2006

sobre la ruta 37

Morgan “Pitbull” McFly conducía su Corvette descapotable naranja por la ruta 37 tajando el desierto de Arizona. El sol castigaba desde lo alto del cielo. A su lado, en el asiento del acompañante, dos revólveres cargados. Recostado sobre el asiento trasero un puerco de noventa y cinco quilos con un moño violeta alrededor del cuello.
- No te impacientes Frank, ya casi estamos- le dijo al puerco por el espejo retrovisor.
- Vamos a recuperarla en un santiamén ya veras-
Frank dejó escapar un pedo con aroma a zanahoria y bosta a la vinagreta.
- Ese es mi muchacho-
A lo lejos, casi sobre el horizonte y un poco a la derecha, una mancha oscura se agrandaba en la tierra árida.

Detrás de una vieja capilla en el kilómetro doscientos cincuenta y seis de la ruta 37 estaba por casarse una joven pareja local. Sentados sobre sillas blancas de plástico había una veintena de familiares y amigos, entre todos los invitados sumaban una dentadura completa. La mujer daba el “sí” final y besaba a su nuevo marido entre los aplausos del público presente, cuando McFly interrumpía arremetiendo su automóvil a ciento veinte por hora contra los familiares que salían despedidos por el aire como palomas espantadas en la plaza. Morgan frenó su Corvette justo en frente de la pareja con una violenta coleada, agarró los revólveres y parándose sobre el asiento comenzó a disparar contra todo lo que se moviera. La esposa gritaba enloquecida con su blanco vestido teñido por la sangre de su ex-marido. El cura fue el último en caer, gimiendo detrás de una mesita donde se había escondido. McFly guardó sus armas y fue en busca de la jovenzuela, la cual cargó al hombro y tiró dentro del asiento del acompañante.
- Hasta luego soquetes- dirigió a los que ya eran y arrancó nuevamente hacia la ruta 37.
Frank masticaba un sombrero que había caído dentro del carro. Ella lloraba con furia mientras el viento jugaba con su cabello suelto.
- No te preocupes nena, ya pasó... aquel bastardo no te volverá a tocar-
Comenzó a llorar aún más fuerte.
- Está bien, está bien... no lo nombraremos mas-
McFly largó un escupitajo por el costado del carro.
- Ahora llegamos a casa, nos damos un buen baño caliente y nos relajamos un rato ¿no es cierto Frank?- dijo mirando por el espejo.
El porcino soltó el sombrero y gruñó dos veces.
- Ese es mi muchacho-
La señorita asomó la cara por detrás de sus pequeñas manos entre sollozos.
- ¿Que quieres de mi?- dijo ella.
- ¿Como que, que quiero de ti? Quiero que volvamos a ser como éramos antes, antes de el, antes de todo esto-
- Pe..pe..pe.. pero si nunca te he visto antes en mi vida-

McFly giró su cabeza y la observó detenidamente por primera vez. Retornó su mirada sobre la ruta. Luego la volvió a mirar, esta vez de reojo. Pisó el freno y el carro se detuvo bruscamente sobre la ruta.
- Bájate-
Ella se paró temblando y comenzó a pasar por sobre el costado del carro cuando Morgan le propinó un fuerte empujón en el trasero que la mandó volando sobre unos arbustos. El Corvette aceleró aullando sus llantas contra el asfalto levantando una nube de tierra roja.
- ¿Por qué no dijiste nada Frank? Apuesto que te parece muy gracioso-
El puerco tragó el último pedazo del sombrero y dejó escapar un ruidoso pedo.

martes, diciembre 27, 2005

Muerte Roja en San Francisco '68

Muerte Roja caminaba entre las carpas coloridas. El sol se mostraba majestuoso sin ninguna nube en el cielo. Serenamente se dirigía hacia el centro de la enorme masa de gente que se había congregado para este concierto gratuito. Un grupo de hippies radicales lo habían contratado para eliminar un espía del gobierno supuestamente del departamento anti-narcóticos. Le habían dicho que una vez que lo encontrara lo reconocería inmediatamente. Muerte Roja se abría paso entre la multitud. El aroma a sudor y hierbas dulces pululaba en el aire. Cabellos y flores por todos lados, mucha piel al sol y pies descalzos. Alguien habría dejado las jaulas abiertas pensó el. Una rubia semidesnuda se le acerco gritándole algo y examinándolo con mirada soñadora. “Hey man wanna trip on some acid?” le pregunto extendiendo la palma de su mano con un papelito violeta. Muerte Roja la miró dos veces, una vez a los ojos, otra vez a sus pechos desnudos, agarró el ácido, se lo llevo a la boca y siguió de largo. Debía encontrar al infiltrado. Buscaba a alguien que desentonara con el resto del ambiente, tendría que mantenerse alerta. De pronto la gente empezó a gritar eufórica agitando sus collares y pulseras. The Grateful Dead había subido al escenario. El show estaba por comenzar, Jerry Garcia con la barba casi hasta el ombligo dijo algo ininteligible al micrófono y el público volvió a rugir. ¿Pero donde diablos estaba su objetivo?
alan's psychedelic breakfast
Avanzaba escrutando las caras de los salvajes. A la vez todos parecían observarlo a el. Reían y le hacían muecas al verlo pasar, malditos monos. ¿Sabrían que estaba haciendo el aquí? Las caras se estiraban sus ojos como huevos de pascuas la piel elástica pelos como techos de paja que se movían con el viento. Los locos bailaban ¿se habría descuidado y dejado llevar a una especie de macumba siniestra? El ambiente se ponía tenso. Muerte Roja se movía ahora con la mano en la cintura donde llevaba su cuchilla afilada. Una música hipnótica llegaba desde el escenario una base constante una guitarra aguda por encima por abajo por los costados rajante afilada como su navaja. Los animales habían estado jugando con el sol ahora verde después violeta húmedo humo caliente. Un pelado con cara de martini y aceitunas se movía en dirección contraria hacia el. Lentamente como levantando las piernas enterradas en un pantano, Muerte roja sacó su cuchillo, una prolongación de su ser desde sus uñas desde sus huesos. El metal brillando le pedía le decía le gritaba married burried married burried. El pelado ahora a su lado su cuchillo embistiendo enterrándose en el vientre blanco el sol rojo el cielo rojo sus manos rojas el filo rojo muerte roja. Los salvajes rugiendo y saltando a su alrededor Muerte Roja brincando de una lado a otro moviéndose con la música y asaltando los cuerpos que van cayendo y apilándose. Un verdadero festival, la sangre corre se deja beber empapa se filtra por la piel oh the horror the horror. La música se detiene pero otra de mas allá lo abraza y acompaña, su navaja baila como nunca como siempre arremete como un tren this is the end. Se va haciendo lugar como un tractor en las amazonas. Muerte Roja se mueve entre las carpas rajando teñindo telas flores de tinto de sangre de vida de muerte y ya no queda nada más que campo y libertad y correr hacia el sol que ahora esta mas rojo que nunca llamándolo desde el horizonte my only friend, the end.
las verdaderas aventuras de Muerte Roja estan en : QueNosLLeveElInfierno

jueves, noviembre 10, 2005

Guiños Para Todos

9 de Noviembre de 1994, 3:00 PM

Plaza San Martín- Fernandito Travaglini apura su triciclo rojo y se lanza barranca abajo a toda velocidad. El viento lo golpea de frente, le entra por las mangas de la remera y lo infla de alegría. La adrenalina recorre su cuerpo, cierra los ojos y se imagina surcando los aires como un águila de alas negras. Tres horas mas tarde despierta en una cama del hospital Perez Campano con una pierna rota, el hombro derecho fisurado y una paleta menos. No puede esperar hasta hacerlo otra vez.

Café Campani, Av. Corrientes 1358- Maria Balompié levanta delicadamente su taza de capuccino con su pulgar y dedo índice y la lleva hasta sus labios. Aunque Maria está sentada en este café su mente está en otro lugar lejano y sus ojos lo demuestran. Recuerda una época en que fue moza y fue libre de verdad, recuerda tomar el ascensor a la mañana sin temor a que se caiga. Ahora siente un miedo arrasador cada vez que debe subir en uno. Lucha contra la idea de que todo tiempo pasado fue mejor y deja caer una lágrima sobre el mantel. ¿Que será del Capitán? Una voz la despierta del ensueño y la trae devuelta a su silla. -Señorita ¿se siente bien?- pregunta un hombrecito de sombrero gris. El sabe quien es ella pero ante la indiferencia que encuentra en su mirada mantiene el secreto y su orgullo. Maria se retira y jamás se vuelven a ver.

Haedo, Av. Guzman 134 Piso 4B- Mariano Moreno despertó hace una hora con una resaca insoportable. Vuelve del baño con un botiquín bajo el brazo y se tira en el sillón. El cuarto está casi a oscuras, una franjas de sol penetran por las rendijas de la persiana e invaden los muebles sucios con su silenciosa presencia.
Anoche lo habían echado de su banda, era un baterista fracasado, habían conseguido alguien mejor, lo sentían mucho, le dijeron. Después de que le dieran la noticia vació solitario una botella de gin barato tirado en la vereda del almacén. No recuerda como llegó a su casa.
Abrió el botiquín con una mano temblorosa, de adentro sacó un frasco y una jeringa cargada que apoyo a su lado. Suspiró con pesadez y tiró el bolsito al piso. Destapó el frasco con mayor facilidad de la que esperaba y sonrió ante la ironía, siempre había recurrido a ayuda ajena para abrir frascos. Miró a su alrededor en busca de un vaso de agua, una botella de whisky o cualquier cosa para tomar pero no encontró nada. Observó el frasco abierto y de un saque tragó cuantas pastillas pudo. Una cuantas. El resto las dejo a un lado y agarró la jeringa. Sin preparación alguna se clavó la aguja en la vena de su brazo izquierdo e inyectó el líquido en su cuerpo. Cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atras sobre el respaldo del sofá. Sintió que se hundía y levitaba a la misma vez. Sintió que se encojía y que crecía hasta llenar la habitación entera. Se sintió querido, empapado en gritos y aplausos. Abrió los ojos y vió una mancha de humedad en el techo. Luego ya no sintío nada.

moraleja: If you're down on your luck and life ain't worth a dime, find a girl with far away eyes.