miércoles, febrero 14, 2007

El calor del Congo

Esta noche el aire es como una plancha caliente que se te vuelca encima y te aplasta contra el suelo. Hace días que la lluvia está a la vuelta de la esquina pero no se anima a asomar su refrescante cabeza. El sudor ya es como una segunda piel y casi no recuerdo lo que era estar seco. Me acuesto de espaldas sobre la cama y siento como las sábanas se me adhieren al cuerpo. Por la ventana inútilmente abierta me llega el ruido de una ciudad despierta, demasiado viva para este calor.
Apago las luces y me dejo llevar, fácilmente cruzo el océano y el calor es el calor del Congo. El calor de la selva africana y ella. El calor del Congo y nosotros. Y el calor se tolera cómodamente porque es un calor justificado, un calor que vale la pena, lleno de mundos extraños y aventuras. Un calor empapado en descubrir y dar pasos hacia lo desconocido, y sin embargo con la seguridad de tenerla a mi lado.
Caminamos por un sendero angosto bajo un techo verde de árboles por donde se filtran verdes rayos del sol, y todo lo que nos rodea son plantas sobre plantas en una verdadera orgía vegetal. Vamos sin decirnos demasiado pero compartiendo bastante y todo nos sorprende. Constantemente se oye un sinfín de gritos de pájaros y monos, y también los vemos pasar. Cada vez mas fuerte se oye el palpitar de un tambor que debe ser nuestro guía local que nos llama desde el asentamiento. La tomo de la cintura y le comento que tengo hambre y mas vale que Diktu nos esté esperando con algo de comida. Ella dice algo de que le da miedo lo que nos puedan llegar a dar para comer. Reimos ante la idea de saborear algún mono o la posibilidad de que nosotros seamos la comida de la tribu.
Ya podemos ver que mas adelante en el camino hay un claro entre los árboles donde se divisan unas chozas y un tubo de humo gris que sube al cielo como un remolino. La abrazo mas fuerte contra mi cuerpo como queriendo guardarla dentro mío y le digo que podría viajar para siempre con su compañía, frenamos y nos besamos como se besaron los primeros dos humanos en la selva, y escucho como pasa el 168 con un silbido y el ronquido del motor que hace temblar mi ventana en Buenos Aires. Estoy pegado a mi cama en la oscuridad y ella parece haber quedado tan lejos del otro lado del océano entre simios, aventuras y todo ese verdor. Y este calor insoportable.

miércoles, febrero 07, 2007

De poetas y demás

Dicen que el día que nació, Dios se cayó de culo. Un hombre de una genialidad incontenible. Cuentan que en momentos de altísima inspiración creaba tal cantidad de tensión mental que dejaba a medio país sin electricidad. Hablo de Solsticio López, el poeta más grande de todos los tiempos. Medía dos metros diez y pesaba ciento treinta quilos. A la edad de seis años y sin haber escrito aun nada, ya tenía dos premios Nóbel de literatura a su nombre. Escribía con tal belleza y soltura que las lágrimas que derramaban sus lectores regaban los suelos sedientos del mundo entero en tiempos de sequía. Una vez, mientras terminaba uno de sus poemas mas geniales, a Solsticio le agarró una sobredosis de talento que lo tuvo cuatro meses en coma y codeándose con la mismísima muerte, a la cual le dedicó un poema que le devolvió la vida y además le regaló cincuenta años de yapa. Era tal la hermosura de sus palabras que muchas de sus lectoras quedaban embarazadas de mellizos con solo terminar un párrafo, y no pocos lectores masculinos explotaron en combustión instantánea por leerlo demasiado. Gracias a sus poemas el mundo entero estuvo en paz durante dos años y en guerra durante seis, sin contar los tres de ayuno. Le pusieron dos estatuas en la misma plaza. Algunos de sus escritos son tan buenos que los expertos aun no los pudieron descifrar. Tenía la increíble capacidad de escribir poemas gloriosos usando solo números pares. Un hombre que sudaba palabras y cagaba frases, una más bella que la otra, y sin embargo, a su perro le puso Pepito.