lunes, marzo 15, 2010

reunión

Creo que tocamos bastante bien, no le pifiamos tanto como otras veces. Igual el público nunca se da cuenta. El sonido no era el mejor pero es normal cuando tocas en fiestas en casas. Ahora a relajar un rato. Nos vamos con los pibes al living. Pedro arrancó su monologo, hoy trata del vivir en un mundo sin dinero, las cosas se hacen porque se sienten o porque se necesitan, nadie está por encima del otro. Como le gusta escuchar su propia voz, es increíble. Me cuesta seguirle el hilo, no es por el alcohol ni por el bullicio ni por la música, es que tengo la mente en otra cosa, estoy buscando a la mina de amarillo que estaba en la primera fila. Trato de interesarme o por lo menos parecer interesado pero mis ojos se van hacia el resto de la casa, donde la gente está charlando, tomando, fumando, caminando, bailando, riendo, gritando, aplaudiendo, envuelta por una luz cálida pero que dificulta mi propósito. Por momentos creo verla de espaldas, pero no. Me digo que igual que importa, ella está con sus amigos, no voy a poder decirle nada, para que. Pienso el vino es rico (tinto), la música es divertida (wawanco), me estoy cagando de risa (mentira). Pedro afirma que el dinero es la anti-humanidad materializada y una peste que corrompe todo lo bueno que hay en el mundo. Igual la quiero ver, aunque no le diga nada, con un poco de suerte si la tengo cerca le conozco la voz y quien sabe el nombre. Que linda mina boludo. Creo que se pasó casi todo el recital mirándome a mí. ¿Quién mierda mira tanto al bajista? Nadie, nunca. Tenemos un guitarrista que canta y encima es fachero, el batero la rompe, parece un poseído. El bajista por poco parece que esquiva los focos de luz, pero ella me miraba, lo sentí. Ardilla cuenta por centésima vez su chiste sobre pilones de pasto. -¿Qué le dice un montículo de heno a otro montículo de heno?- , breve pausa. -Henos aquí reunidos-. Pedro y los otros se ríen, le gritan que es malísimo y se ríen con ganas y aplauden. Ahora Ardilla les va a largar todo su repertorio de tres chistes.

Me paro y voy en busca del baño. Se donde queda pero en vez de ir directo hago un recorrido más largo, doy toda la vuelta por el salón principal y paso por delante de la puerta de la cocina. No la veo por ningún lado. En una de esas se fue. Voy al baño. Meo. Salgo del baño. Los chicos me hacen señas con el dedo gordo apuntando a sus bocas (el resto de los dedos cerrados) para que vaya a buscar más vino. Afuera hay una especie de barra improvisada, una mesa con botellas variadas y un barril con agua, hielo y cervezas. Cruzo el salón de nuevo. Algunas personas me saludan, me felicitan por nuestra música. Salgo al jardín y trato de hacerme un lugar hasta la barra, parece ser uno de los lugares más populares de la casa. Acá la temperatura está más agradable, en el salón hacía un poco de calor. Cuando llego a la mesa busco una botella de vino pero no hay más. Parece que no queda otra que mezclar con cerveza. Me imagino la resaca que voy a tener mañana. Voy hasta el barril y meto la mano en el agua helada, siento un calor que me recorre el cuerpo y se instala en mi cara.

En el fondo del patio, bajo una lámpara que cuelga de una rama, sola, parada mirando el cielo, en su vestido amarillo. Largo la botella y me dirijo hacia ella sin pensar demasiado. Siento que mi corazón late muy rápido. Cuando llego a su lado me doy cuenta que no se que mierda hacer. Y que el rocío del pasto me mojo las alpargatas. –Hola- . Me mira y sonríe. –Hola-. Después de saludarme vuelve a mirar hacia donde estaba mirando antes de que la interrumpiera. Los árboles de la casa de al lado recortan figuras negras contra las nubes iluminadas por la luna. No se que carajo decir. Tiene muy lindo cuello. Decí algo boludo. Siento frío en los pies. La lámpara que está colgando de una rama arriba nuestro y a la derecha se mueve con el viento. Nuestras sombras también se mueven, se juntan y se separan. Dos sombras, una sombra, dos sombras, una sombra, dos sombras. A esta altura ya se debe haber dado cuenta que soy un tarado. Es morocha, su piel morena contra su vestido amarillo; no puedo explicar las ganas que tengo de morderla. Si no digo cualquier cosa ahora se va a ir. Se escucha que se rompe algo de vidrio y una mina grita. Ella mira hacia la casa y después me mira a mí. Tiene sus brazos colgando al lado del cuerpo, veo que se frota los dedos. Las nubes se fueron. El viento trae un olor como de tierra mojada. Bueno, es ahora o nunca, allá voy. - ¿Sabes que le dice un montículo de heno a otro montículo de heno?-

bulnes y rivadavia

La lluvia no aflojaba, las baldosas sí.

la siesta siega

El ciempiés siempre siente a las siete
el cierne del cierre.
Sobre la sien del cielo siembra ciego,
cierzo; como siete sierpes,
como siete sierras sienas.

MacGyver

Nuestro conocido agente secreto está sentado en una mesa con varios hombres vestidos en trajes de oficina. Ya no es más el que veíamos saltar de aviones o huir de jeeps con ametralladoras. Está retirado hace muchos años, está arrugado, entrado en carnes y canoso. Los hombres hablan despreocupados, él transpira. Uno de los tipos enciende un televisor muy grande y mete un cassette VHS en su respectivo reproductor. MacGyver se mete la mano en el bolsillo y se aferra a su viejo cortaplumas.

En la pantalla aparece un estudio de televisión dotado con una larga mesada atiborrada de objetos varios, una canilla con pileta y un horno con hornallas. Un coro femenino canta un tema pegadizo que presenta al conductor y cocinero del show, MacGyver. Los hombres de traje parecen estar llevándose una buena impresión y comentan sobre la efectividad de la canción. En el programa pasan a presentar el plato que van a estar cocinando en esta ocasión, un guiso de lentejas. Los oficinistas no emiten opinión al respecto. El MacGyver del programa se muestra cómodo y desenvuelto frente a las cámaras mientras que el otro golpetea la suela de sus zapatos contra el carpete con frenesí. Se dan a conocer los ingredientes que se van a usar para el guiso de lentejas; un cordón de zapato, dos chicles de tutti-fruti masticados, un puñado y medio de tierra húmeda, cinco cabellos rizos, y un pedazo de alfombra (con 5cm cuadrados debería alcanzar). El asombro en la oficina no es poco, en el silencio tenso se destaca una mosca que da dos vueltas carnero en el aire y se posa sobre el televisor. El MacGyver del programa explica como y en que momentos se agregan y mezclan los ingredientes. También presenta los utensilios para la cocina alternativa, un balde de pintura vacío, una cadena de metal (preferentemente acero) y la infaltable cortaplumas. Hoy van a cocinar en una hornalla convencional pero en los próximos programas van a enseñar métodos alternativos como el tacho de basura al sol del mediodía y la “llamarada turca”.

Mientras esperan a que se cocine el guiso de lentejas en el programa instruyen como mantener seca la sal dentro de un salero en zonas húmedas si uno está falto de arroz. Una ayudanta anoréxica le pasa una bombita de luz convencional a MacGyver, este se remueve un zapato y la respectiva media de seda de ese pie, mete la bombita dentro de la media y la golpea suavemente sobre la mesada, se oye el vidrio romper, da vuelta la media y vuelca su contenido sobre la mesada con cuidado. Agarra la base de la bombita y separa sus filamentos metálicos, luego los introduce dentro del salero y procede a explicar. Los filamentos están recubiertos con un componente de alto grado carbónico que junto con la sal y en estado de confinamiento producen un microclima desértico que mantendrá el porcentaje de humedad dentro del salero por debajo de cinco. El MacGyver de la oficina nota que dos señores están intentando hacerse señas con los ojos. Mientras tanto en el televisor las ayudantas anoréxicas están sirviendo el guiso de lentejas ya listo en un plato para que MacGyver pruebe como quedó y diga que salió tan delicioso como la primera vez que lo hizo en el ‘83 y que ni siquiera hace falta agregarle sal. Para cerrar se pone a contar una anécdota de cómo inventó el “baño maría” encerrado en el baño de la guarida de unos narcos colombianos pero los oficinistas al parecer ya habían visto suficiente y uno de ellos se para frente al televisor y detiene el reproductor.

Los oficinistas creen que el programa no tiene muchas probabilidades de funcionar. En su opinión la gente que mira televisión no se encuentra atrapada en circunstancias extremas normalmente y que cuando tengan ganas de hacer un guiso de lentejas pueden ir al supermercado y comprar guiso de lentejas para descongelar. Las voces de los oficinistas se van haciendo cada vez mas graves y de alguna manera feroces mientras le explican la situación a MacGyver. La luz que entra por las ventanas empieza a teñir la mesa, los trajes y todo lo que abarca de blanco. Las líneas rectas se ablandan y ceden ligeramente a la gravedad. La mesa se chorrea gris y liquida espesa sobre el carpete. Un murciélago albino sale de la video casetera, da dos vueltas carnero en el aire y se posa en la nariz de MacGyver. Todo ahora es blanco y aletea.

MacGyver se despierta lentamente y poco a poco va logrando hacer un poco de foco con la vista. Parpadea y con el abrir y cerrar de los parpados el blanco se aleja y logra ver. Está encerrado en un cuarto muy estrecho. Está arrodillado y atado de manos detrás de la espalda. Recuerda saltar de un avión en llamas y estar huyendo de un jeep con ametralladora. Recuerda esconderse detrás de la cabaña. Recuerda que alguien lo sorprendió por detrás y le tapó la cara con un trapo bañado en cloroformo. No recuerda mucho más. Es el año ’83, él es un joven agente secreto en algún lugar de Europa oriental. Respira hondo. Mira un poco a su alrededor. El cuarto es muy pequeño y está libre de objetos, el único es un balde de pintura vacío en un rincón. El sucucho esta precariamente iluminado por una bombita de luz convencional que cuelga del techo. Las paredes sucias son de concreto y se ven muy sólidas. Intenta liberar sus manos pero la cadena está muy apretada. Piensa un rato. La puerta de acero no tiene picaporte por dentro pero si una pequeña cerradura. Mueve los pies y siente su cortaplumas escondida dentro de su media de seda. Se le ocurre una idea deliciosa.

miércoles, diciembre 19, 2007

adelanto del viaje al centro de la tierra

Me da un poco de vergüenza subir un borrador de trabajo, pero como no nos aparecemos por acá hasta febrero, algo había que dejar. Esto es una colaboración con slaves, no hicimos nada en cinco meses y el último momento se nos ocurre hacer algo que no podemos teminar.
Radioteatro es cultura.


jueves, julio 26, 2007

Desdoblamiento pugilista

A Sánchez le gustaba desconcentrarse totalmente de la pelea en los momentos previos a subirse al ring. Necesitaba relajarse, pensar en cualquier otra cosa. Treparse al cuadrilátero como quien pasa de la cama al living, y recién ahí, una vez sonada la campana transformarse en una maquina demoledora. En el vestuario, mientras se envendaba las manos y ponía los guantes, le hacía leer en voz alta a un asistente artículos de revistas de diversos temas en los cuales Sánchez se zambullía fervorosamente escapando de la inminente disputa. Y la noche del título mundial no fue la excepción. Era una nota sobre los déjà vu y sus posibles explicaciones. Sánchez se interesó particularmente por una que afirmaba que los déjà vu sucedían cuando dos mundos paralelos y casi idénticos compartían un mismo espacio temporal y en ese instante se miraban a los ojos. De esta manera intercambiaban información y producían ese efecto de recuerdo lejano en las mentes humanas. A veces la cantidad de información intercambiada era tal que esta dejaba una huella visible en estos espacios-tiempos, y aunque sutil, imborrable, como cuando uno desdobla la punta de una hoja marcada en un libro.

Camino del vestuario hacia el ring escuchaste el publico rugir mas que ninguna otra vez, pero de todas maneras no quisiste cortar tu desconcentración, tu concentración en lo otro, algunas veces fueron las ballenas francas o las pirámides de Egipto, esta vez los déjà vu. Subiste tranquilo y pasaste por entre las cuerdas, comenzabas a dejar venir el animal de a poquito, levantaste los puños y saludaste al público, en los aplausos sentiste que tenias a la mayoría del publico de tu lado, que la hecho de hacer la pelea en tierras neutrales había sido buena idea, en los Estados Unidos hubieras sido abucheado sin importar que tu rival sea negro. Los déjà vu, esa sensación de familiaridad y extrañeza, el animal tenía que esperar para saltar recién con el campanazo. Otra vez el rugido del público, viste subir a Jones golpeando el aire furiosamente con sus puños de rojo, lo mediste casi de reojo mientras estirabas los brazos hacia atrás y calentabas los músculos. El momento en que dos mundos paralelos se miran a los ojos, la bestia se sacude y se agazapa, expectante pero serena. Tu entrenador te llamó la atención, el árbitro los estaba convocando al centro del cuadrilátero para decirles esas cosas que ya saben, pero sobre todo para que se enfrenten los rivales, se observen detenidamente, la presa se encuentra con los ojos de la bestia y se echa a correr. Volviste para tu rincón y ahora lo único que había en el mundo era aquel negro de enfrente y una campana como una cadena que te agarraba del cogote pero que estaba a punto de ceder.

Salí a embestirlo y devorarlo crudo como hago siempre, pero me encontré con la respuesta de un rival realmente digno de mi furia. Logré meter algunos guantazos que hubieran destrozado otros vagos que enfrente en el pasado pero también recibí un par de golpes como relámpagos de fuego de parte del negro. Sonó la primera campana y creo que ambos volvimos sorprendidos para nuestros rincones. Mi entrenador me recibió con gritos de aliento y solo pensé en volver con más fuerza. Los rugidos del público bajaban al ring como oleadas de viento caliente. Pegué y pegué como trenes pesados y certeros pero me encontré con una pared de acero y no podía dejar de pensar en sus guantes rojos como si fueran de fuego cada vez que me llegaban sobre el rostro. Los rounds fueron pasando y sentía como si la cabeza se me hubiera hinchado hasta duplicar su tamaño y se me había encendido en llamaradas naranjas. Jones sangraba de su parpado derecho y eso alentaba mi animal que ya estaba cansado. Los brazos me pesaban como si estuviéramos peleando bajo el agua. El negro me lanzó un puñetazo cruzado que supe esquivar, por un instante que debió ser ínfimo mi rival perdió el balance y quedo a cara descubierta. Nos miramos a los ojos y supimos que era su final. Volví a encarrilar el tren ahora pesado y lleno de pasajeros hacia su mandíbula y la embestí con todo el peso de mi cuerpo. Mi puño le hizo girar la cara hasta que su pera alcanzó su hombro y comenzó a caer como una bolsa de elefantes muertos. El público explotó con ráfagas blancas y de colores y mis oídos se llenaron de algo que venía desde muy lejos, como de otro tiempo. Miré al negro caer como si lo hubiera visto caer ya de aquella forma idéntica; con su brazo izquierdo hacia atrás y después del cuerpo, y su brazo derecho para adelante, su puño enguantado quedando atrapado entre su cuerpo pesado y la lona blanca. Su cabeza llegando al suelo de costado y hacía mi, su rostro ausente de persona como un muñeco. Si, ya lo había visto, ya lo había sentido, ¿pero donde? El arbitro me levantó el puño izquierdo y aquel pelado ya me lo había levantado de la misma forma hace muchos años en algún lado lo puedo jurar por dios. Mi entrenador entró corriendo como si viniera desde un álbum de fotos familiares y me cubrió la cabeza con la bandera argentina y un abrazo que claro ya me había abrazado. Por un instante quedé en la oscuridad de la bandera.

Sentí que todo el peso de mi cuerpo estaba siendo sostenido por debajo. Los ojos me pesaban increíblemente pero de a poco los pude ir abriendo. Por un momento solo vi el blanco de los faroles pero poco a poco se fueron dibujando otras imágenes. La gente gritando y saltando. Saqué mi puño derecho de debajo de mi cuerpo y trate de acomodarme un poco, estaba muy dolorido, la mandíbula me estaba matando. Mi entrenador se acerco entre la gente para ver como me sentía, me preguntó si sabía que acababa de ocurrir, si sabía donde estaba, no le contesté. La gente que saltaba se veía tan grande desde abajo. Todo me llegaba lentamente y como desde otro lado, como si viniera desde abajo del agua, parecía familiar pero mojado o pegajoso. Una mole negra envuelta en la bandera estadounidense se doblo frente a mí y me dio la mano, creo que me felicitó, luego se desdobló sobre sus pies y alzó sus brazos para el público.

jueves, junio 28, 2007

Haga de cuenta que esto no es suyo

Horario de almuerzo en la oficina, López descansa sobre un banco en plaza san martín. Tiene los ojos cerrados, el sol le pega en la cara, se desanudó la corbata. Un hombre vestido íntegramente en seda violeta se acerca y se sienta a su lado. Lo observa de reojo y le dice con voz aguda – Haga de cuenta que esto no es suyo -, López abre los ojos, -¿Como? – El hombre de seda violeta le apoya un reloj dorado sobre la pierna derecha. – Le digo que haga de cuenta que esto no es suyo – López niega con la cabeza – Pero si es que nunca he visto este reloj en mi vida -. El hombre sonríe – Muy bien, muy bien, ahora guárdeselo en el bolsillo interior de su saco -. López se ríe y mira para todos lados - ¿Qué es esto una joda? -. Ahora el hombre niega con la cabeza – La primera parte ya la hiciste bien, ahora guardate el reloj en el bolsillo -. López lo mira a los ojos y se da cuenta que el tipo habla en serio, piensa que talvez se escapo de un manicomio, algún manicomio para gente adinerada, por el pijama. Agarra el reloj cuidadosamente y lo guarda dentro del bolsillo que yace sobre su corazón. – Ahora cierre los ojos y cuente hasta diez -. López cierra los ojos y comienza a contar, cuando llega a cinco abre su ojo derecho y espía, ve que el hombre vestido de seda violeta se aleja. Pero luego se frena y dándose vuelta, vuelve sobre sus pasos y se sienta otra vez a su lado. El hombre comienza a hablar lentamente sobrepronunciando las palabras – Esto le va a parecer un poco extraño, pero que me diría si le digo que usted tiene ahora un reloj de oro macizo dentro de su bolsillo superior izquierdo? -. – Le respondería que usted está completamente loco -. - ¿Ah si?, fíjese nomás -. López mete su mano derecha dentro de su bolsillo izquierdo y saca un chicle de menta y un boleto de tren. El hombre de seda violeta lo mira desencajado – Pero no puede ser -. López se hace el sorprendido – Y sin embargo yo viajo siempre en colectivo, no tengo idea como ha logrado meterme esto aquí dentro -. – No pero realmente debería haber aparecido el reloj, esto nunca me había pasado, perdóneme estoy muy avergonzado- . El hombre esconde su cara entre sus manos y parece llorar. López saca el reloj de su bolsillo y lo apoya sobre la pierna vestida de violeta de aquel hombre – Haga de cuenta que esto no es suyo -. El hombre de violeta ve el reloj y ambos se miran a los ojos. López se retira a su oficina.

miércoles, junio 27, 2007

Nada

Nos encontramos en la mitad de un invierno húmedo en la ciudad de Buenos Aires. Ciertas personas madrugan más que las otras, Pepe se encuentra abriendo su puesto de diarios y acomodando todo en su lugar. Todavía queda largo rato para que se asome el sol. Pepe tiembla, pero no es por el frió, hoy siente que le pica algo por dentro pero no sabe donde rascarse. Va y vuelve sobre sus pasos bajo la luz blanca que ilumina su puesto.

¿Por qué ser una cosa cuando puedo ser nada? Aflojar los barrotes de esta jaula que me nombra y me posiciona. Que bueno sería nadar en la nada más absoluta de la circunstancialidad. Mientras menos cosas sea más libre me he de sentir. Que me golpee solo el tiempo, con sus pesados tics y tacs, de los que nadie puede escapar.
No quiero ser ni argentino ni bostero ni peronista, todo esto ya me queda chico y me tira para abajo, como correr cuando uno lleva puesto ropa mojada.
Desde la cima de las montañas de la libertad gritaré mis sueños hacia los cuatro vientos, pues mañana no se que camino tomaré.
Desde hoy seré únicamente una persona, habitante de este mundo, lamentablemente atado al tiempo, al tiempo y nada más.


Un cliente se acerca, lo reconoce, es Julián de acá a la vuelta. Pepe agarra y acomoda el diario Clarín y una revista para hombres que él suele comprarle.

Julian: ¿Como estas Pepe?

Pepe: Lamentablemente atado al tiempo, al tiempo y nada más.

Julian: (Mirando hacia el cielo) Uh, si, se viene una tormeeenta. ¿Me anotas esto? Nos vemos, cuidate!

Julian se aleja apurado. Pepe se sienta en su banquito dentro del puesto.

Talvez en la muerte dejemos de ser tiempo, talvez no, de todas maneras prefiero no averiguarlo todavía.

Sus ojos se apoyan sobre un pilón de revistas con muchachas que le hacen frente al invierno porteño con su piel como único abrigo.

Que buen ojete.

miércoles, mayo 23, 2007

Una de vaqueros

Sam McKane ……………………….Emilio Disi
Pistol Pete ………………………….Fernando Travaglini
Patty Valentine (camarera)….Silvia Suller


Tercer y último acto; en el que Sam saca a pasear su diente y lo pierde en la oscuridad y otras cosas mas.

El viejo Sam esta sentado frente a una mesita de madera en una vieja y oscura taberna del oeste. Delante suyo tiene un vaso de güisqui. Está vistiendo todas esas cosas que visten los vaqueros, incluyendo las botas puntiagudas con espuelas y un gastado sombrero. Bebe.

El joven Pistol Pete ingresa a la taberna desconsolado y se sienta a la mesa con Sam.

Pistol Pete: Hay muchas cosas que no logro entender McKane, pero una sobre todas me está fastidiando con la eficacia de los mosquitos.

Pete lo mira a Sam pero este bebe sin decir una palabra.

Pistol Pete: Es sobre el valor que se da a las cosas y yo creo que poco tiene que ver con su valor verdadero, ¿Quién decide tales cosas? ¿Quién dice que el güisqui es más valioso que la leche?

Pete intenta agarrar el vaso de güisqui de Sam pero este lo niega con un gruñido amenazador.

Pistol Pete: ¿Por qué el diamante es más caro que los vidrios coloridos que cuelgan en el almacén del pueblo? ¿Porque la gente se moviliza y dedica su miserable vida a estas cosas?
Pero por sobre todo, ¿porque mierda cambiaste tus treinta vacas, que era todo lo que tenias en este mugriento mundo, por una pequeñísima moneda de oro?

Sam McKane apoya su vaso ahora vacío y sonríe, sacando a relucir el único diente en su boca que brilla dorado como el sol.

Entra Patty Valentine con su rubia cabellera ondulada, su cintura de avispa y sus grandes pechos encorsados.

Sam cierra la boca.

Sale Patty Valentine.

Sam abre la boca y saca a relucir su diente dorado.

Entra Patty Valentine.

Sam cierra la boca.

Sale Patty Valentine.

Sam abre la boca aun más grande y deja escapar una risa seca como bostezo de momia. Su diente dorado encandila.

Patty Valentine entra y camina voluptuosamente hasta la mesa donde están Sam y Pete.


Patty Valentine: Oye Sam hoy estas mas precioso que nunca.

Patty le entrega un beso en el cachete al viejo.

Patty Valentine: Toma querido te traje un poco mas de güisqui, este vaso lo invito yo, guapo.

Patty Valentine le sirve güisqui a Sam y se retira balanceando su cadera ante la aturdida mirada de Pistol Pete y la mueca de felicidad de Sam, que bebe su güisqui con orgullo.

Pistol Pete: Está bien viejo, está bien. Nos vemos mas tarde, no te atragantes con tu precioso güisqui, sería una lástima.

Pistol Pete se levanta y sale por la puerta principal de la taberna. Sam termina su güisqui y se pone de pie, camina hacia la entrada.

El escenario está sobre una gran rueda horizontal que gira en ciento ochenta grados de modo que ahora el público queda mirando la fachada de frente de la taberna y la calle de tierra seca, con un gran cardón a la derecha y dos caballos flacos a la izquierda.
Vemos salir a Sam (entrar al escenario) desde adentro de la taberna que ahora quedó detrás.

Un águila con una serpiente colgándole del pico pasa volando por sobre su cabeza y va a pararse sobre el cardón. Sam la sigue con la mirada y gira su cuerpo hacia el cardón. Se miran mientras que la serpiente retuerce su ultimo retuerzo y muere.

Pistol Pete aparece a un costado del escenario a espaldas de Sam.


Pistol Pete: ¡Oye Sam!

Sam McKane se da vuelta y lo mira. Pistol Pete desenfunda su revolver y dispara a Sam en el pecho, que cae moribundo al piso.

El águila sobre el cardón deja caer la serpiente y desaparece volando.

Pistol Pete camina hasta donde esta tirado Sam y se agacha a su lado.Las luces del escenario se apagan.

Desciende una pantalla blanca donde se proyecta lo siguiente; Primerísimo Primer Plano de Sam muriendo, aparecen las manos de Pistol Pete que le abre la boca y la encuentra vacía de dientes y de oro. Se oye el grito del águila y Sam deja escapar su vida con un risa seca como el bostezo de una momia.

Fin

sábado, marzo 31, 2007

Muerte Roja

El teléfono sonó por sexta vez cuando Muerte Roja se levantó de la cama y atendió llevándose perezosamente el auricular al oído. La rimbombante voz de un adolescente intentaba venderle un seguro de vida. Muerte Roja gruñó y le colgó el teléfono cortantemente.
Ante la atónita mirada de sus compañeros de trabajo, Juan Pérez caía muerto sobre un charco de su propia sangre, desangrado por la oreja derecha, dentro de su cubículo, al fondo de un piso de oficinas en pleno micro centro.

Ramírez EZLN

Queriendo sacudir un hormigueo que se le había asentado en el trasero hace ya un par de años, Ramírez resolvió tomar una decisión espontánea. Como quien cambia de lado la raya en su peinado, Ramírez vendió su casa y su madre y partió hacia Mexico, donde se alistaría en el flamante ejército Zappatista. Frank a muerto, pero su ejercito de gente aplicadamente ridícula sigue vivo, y a liberar se ha dicho. Y con esta idea en la cabeza se encaminó hacia Ezeiza con el Grand Wazoo bajo el brazo.

Las primeras semanas en tierras aztecas fueron geniales, un nuevo mundo se le abría ante los ojos, el aire de las montañas, el tequila y los frijoles. Los muchachos lo trataban con respeto y cierta admiración. Pero poco a poco se fue dando cuenta que a sus nuevos amigos encapuchados poco les importaba el jazz ni ningún estilo musical en particular. También le comenzó a parecer extraña su afición por las armas de fuego y su singular apego hacía los pasamontañas. Claro que se encontraban el las montañas, pero tampoco la pavada.
De todas formas la llegada de un Argentino que defendiera la causa Zappatista, fuera cual fuera, les caía simpática y comenzaron a llamarlo Che esto y Che lo otro. Pronto Ramirez fue trepando dentro de la micro-esfera social Zappatista hasta adquirir el status suficiente como para ir a ver al líder, el hombre de la buena pipa, un tal Marcos.
Para la ocasión, su fiel compañero de cueva le había preparado un té sagrado de peyote que lo pondría en contacto consigo mismo y con el universo, de tal manera de estar a la altura de semejante presencia. Lo bebió gustosamente de un saque y comenzó la escalada hacía la cueva del subcomandante, que se encontraba en la cima de la montaña. Había amanecido hace pocos minutos y el cielo parecía manchado con jugo de naranja. Lentamente Ramirez fue subiendo por el camino hecho de de caparazones de tortugas indias zigzagueando por entre árboles repletos de melones y sandías.
El sonido de las trompetas sonaba atravesando el cielo y aquella grande y jugosa naranja que se había acomodado sobre el horizonte le dio la bienvenida con una sonrisa y un dolor en los ojos. Llegó frente al palacio del subcomandante, que lo esperaba con los portones abiertos, y se metió cautelosamente. Tardo unos segundos en acostumbrase a la escasez de luz pero finalmente lo vio, encapuchado y fumando su pipa, sentado sobre un hongo de dos metros. Fue hasta él y lo saludó con una inclinación de la cabeza, su majestad lo invitó a sentarse sobre un hongo a su lado. Luego lo convidó con una pipa y fumaron largo rato sin hablarse, meramente escuchando la música de las trompetas celestiales. Habiendo acabado el concierto el subcomandante le dijo con una voz profunda que había llegado el momento de que se mirasen las caras, con lo cual pasó a retirarse el pasamontañas, y descubrir el bigotudo y narigón rostro de Frank Zappa.
A Ramírez se le atolondraron los ojos y Frank se largó a reír ruidosamente sacudiendo su melena de león. Pero apenas Ramírez se le unió con su propia carcajada, Frank se puso serio y le paso a explicar su sonoro plan. Este se basaría en una revolución musical que atacaría ya no solo a los oídos del mundo pero a sus narices también. Infiltrándose dentro del cerebro por todos los frentes, derrocando así, lo que él llamaba, el conformismo pancreo-cultural símil lagartija que había llovido sobre las masas durante siglos inundando sus órganos sensoriales hasta rebalsar de comodidad.
Claro que mentes sencillas como las nuestras no están preparadas para comprender semejantes genialidades. De todas formas la gente aplicadamente ridícula se había reunido, formando el Ejercito Zappatista por la Liberación Nasal, y la última pieza de la maquinaria revolucionaria había sido encontrada, el sub subcomandante Che Ramírez, a sus órdenes.